Ponen en duda las políticas para acabar con ablación del clítoris

Un nuevo estudio verificado sobre la mutilación órganos sexuales femenina (MGF) que practican algunos grupos étnicos en África, Oriente Medio y Asia pone en duda que el enfoque coetáneo de los programas para erradicar esta praxis sea el más efectivo posible.
 
La MGF tiene “consecuencias negativas inmediatas y a dilatado plazo” y hay que erradicarla, pero en las políticas para lograrlo habría que tener en cuenta los resultados de este estudio, que demuestra “cómo las fuerzas evolutivas y culturales pueden impulsar la persistencia de comportamientos dañinos”.
 
Realizado sobre 61.483 mujeres de 47 grupos étnicos en cinco países de África Occidental (Nigeria, Senegal, Mali, Burkina Faso y Costa de Marfil) y publicado en Nature Ecology & Evolution, el estudio se ha centrado en analizar las razones de la persistencia de esta praxis pese a que se han demostrado sus terribles consecuencias para la mujer.
 
Uno de los datos más llamativos es que la tasa de supervivencia de los bebés es “significativamente más ingreso” en los casos de mujeres que han sufrido la mutilación, según resaltó en una conferencia con medios de comunicación Janet A. Howard, de la universidad británica de Bristol, hoy, Día Internacional de Tolerancia Cero con la MGF.
 
Esto se debe a que las mujeres que se someten a la extirpación automáticamente forman parte del especie mayoritario de su etnia y, por consiguiente, mejoran sus posibilidades de casarse y su posición en la red social, con lo que a la vez aumenta su camino a capital y apoyo, es opinar, que viven sus embarazos y partos en mejores condiciones.
 
Por ello, los expertos consideran que hay un “beneficio evolutivo en su sanidad”, aunque Howard hizo hincapié en que esto no significa que lo apoyen. “No estamos diciendo que la MGC tenga un impacto positivo en la sanidad en ningún contexto”, afirmó rotunda.
 
Por otra parte, señaló que cuando una mujer no sufre la mutilación, las probabilidades de que sus hijas no sean sometidas a la extirpación aumentan considerablemente.
 
Incluso aunque vivan en un especie étnico en el que esa praxis sea mayoritaria. Esto sugiere, según Howard, “que una vez que se deja de sufrir esa mutilación, se abandona del todo la praxis”.
 
Por ello consideran que lo importante del estudio es la menester de que se cambien el enfoque de los programas destinados a erradicar esta praxis, hasta ahora centrados en la exterminio inmediata.
 
En su opinión, los programas “deberían centrarse en los grupos étnicos en los que esta praxis es superior al 50 por ciento” y en que la praxis se vaya reduciendo “gradualmente”.
 
Porque otro número del estudio es que, en las etnias en las que la MGF no afecta a más del 50 por ciento de las mujeres, esa praxis tiende a disminuir.
 
“Las hijas de mujeres no mutiladas en grupos con quebranto frecuencia de MGF no tienen más probabilidades de ser mutiladas, lo cual ofrece la esperanza de que, toda vez que una grupo ha desaliñado esta praxis, no se vuelva a retomar”, destacan las autoras.
 
Por otra parte, el estudio sugiere que si el porcentaje de mujeres que sufren la mutilación se sitúa por debajo del 50 por ciento, la superioridad reproductiva que ofrece la pertenencia a una mayoría se decanta del banda de las mujeres que no han sido mutiladas.
 
Este cambio, afirman, podría contribuir a mejorar la comprensión de la relación que existe entre la frecuencia de MGF a nivel individual y grupal y, en consecuencia, a diseñar campañas de concienciación más eficaces.
 
La investigación, realizada por Howard y Mhairi Gibson, ambas de la Universidad de Bristol, examina una praxis cuya exterminio “es una prioridad para los legisladores”.
 
Las autoras recuerdan que su “praxis generalizada todavía presenta un enigma para los antropólogos evolucionistas”, oportuno al “impacto potencialmente perjudicial” que tiene sobre la “supervivencia y la conveniencia evolutiva”.
 
Según la definición de la Ordenamiento Mundial de la Vigor (OMS), la MGF comprende “todos los procedimientos que, de forma intencional y por motivos no médicos, alteran o lesionan los órganos genitales femeninos”, los cuales “no aportan ningún beneficio a la sanidad de las mujeres y niñas”.
 
Su praxis puede producir, adicionalmente de trastornos psicológicos, “hemorragias graves y problemas urinarios, y más tarde pueden causar quistes, infecciones, complicaciones del parto y aumento del aventura de homicidio del recién nacido”.
 
“En la mayoría de los casos -añade la OMS- se practican en la infancia, en algún momento entre la crianza y los 15 abriles”.